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2G N.13 Carlos Jiménez
Este número presenta la obra del arquitecto afincado en Texas Carlos Jiménez en una edición con abundante documentación gráfica y fotográfica de 14 obras y proyectos. Incluye además proyectos inéditos como la propuesta para el concurso del paseo marítimo de Arrecife en Lanzarote y el Centro de atención de Cummins Engine. La sección Nexus incluye un texto del propio Carlos Jiménez titulado Memoria, una ciudad, y la necesidad de poesía. Carlos Jiménez, nacido en San José, Costa Rica (1959), se graduó en la Houston School of Architecture en 1981 y estableció su despacho profesional en esta ciudad en 1982. Desde entonces ha recibido numerosos premios y su obra ha sido expuesta en museos y galerías de todo el mundo. Ha simultaneado su intensa obra profesional con una actividad docente realizada en universidades americanas y europeas.
Descripción técnica del libro:
Este número presenta la obra del arquitecto afincado en Texas Carlos Jiménez en una edición con abundante documentación gráfica y fotográfica de 14 obras y proyectos. Incluye además proyectos inéditos como la propuesta para el concurso del paseo marítimo de Arrecife en Lanzarote y el Centro de atención de Cummins Engine. La sección Nexus incluye un texto del propio Carlos Jiménez titulado Memoria, una ciudad, y la necesidad de poesía. Carlos Jiménez, nacido en San José, Costa Rica (1959), se graduó en la Houston School of Architecture en 1981 y estableció su despacho profesional en esta ciudad en 1982. Desde entonces ha recibido numerosos premios y su obra ha sido expuesta en museos y galerías de todo el mundo. Ha simultaneado su intensa obra profesional con una actividad docente realizada en universidades americanas y europeas.
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Contenidos: Introducción Luis Fernández-Galiano: Carlos arquitecto Jiménez. Michael Bell: Houston, Texas y la arquitectura de Carlos Jiménez. Obras y proyectos Casa Saito, Houston, Texas. 1991-1998 Administración Central y Escuela de Arte, Museo de Bellas Artes de Houston, Texas. 1991-1994 Casa Lott, Houston, Texas. 1992-1994 Edificio para Talleres de Arte Spencer, Williamstown, Massachusetts. 1993-1996 Casa Davis-Mosteller, Houston, Texas. 1994-1995 Remodelación de la casa Newlin, Houston, Texas. 1995-1996 Monumento y jardín dedicados a Eric Alexander, Museo del Holocausto, Houston, Texas. 1996-1999 Museo de Arte Moderno de Fort Worth. Concurso restringido. Fort Worth, Texas. 1996-1997 Guardería infantil Cummins. Concurso restringido. Columbus, Indiana. 1997 Nuevo Centro de arte en al Universidad de DePauw, Greencastle, Indiana. 1997-2000 Prototipos para los locales de distribución de Motores Cummins. 1997-2000 Arrecife: tres enlaces con el mar. Arrecife, Lanzarote, Islas Canarias, España. 1998 Diseño de la exposición "The Pritzker Architecture Prize 1979-1999", Instituto de Arte de Chicago, Chicago, Illinois. 1997-1999 Remodelación y ampliación del Museo de Arte Nelson-Atkins. Concurso restringido. Kansas City, Misuri. 1999 Biografia Nexus: Memoria, una ciudad, y la necesidad de poesía. Texto de Carlos Jiménez |
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La introducción de Michael Bell al número, titulada "Houston, Texas y la arquitectura de Carlos Jiménez" analiza cómo el arquitecto ha hecho uso de unas condiciones, emplazamientos y contextos intelectuales dados, mostrando así que la profundidad multifacetada de su obra se debe en gran parte a su activa y empática atención hacia el medio en el que trabaja. "Aunque Jiménez ya es un consumado arquitecto, su juventud marca esta publicación como un punto crucial en su carrera. En muchos aspectos, la carrera de Carlos Jiménez no ha hecho más que empezar y las obras que aquí se representan tal vez podrían interpretarse como las de un arquitecto que acaba de comprobar recientemente los límites de sus impulsos iniciales. Ello no quiere decir que Jiménez no sea independiente; al contrario, es un arquitecto notablemente personal y centrado, y su obra es en gran medida una búsqueda de generosidad y convicción. Dicho con otras palabras, su obra se ha desarrollado de tal manera que ofrece una aguda reflexión sobre el potencial de las historias arquitectónicas que nos preceden; Jiménez aplica esas historias al emplazamiento que ha heredado en Houston." anuncia Bell. Este número presenta la obra de Carlos Jiménez en una edición con abundante documentación gráfica y fotográfica de 14 obras y proyectos. La introducción de Luis Fernández-Galiano, titulada "Carlos arquitecto Jiménez", establece la estrecha relación que existe entre su vida y obra, entrelazando detalles biográficos con el lenguaje lírico y personal de su arquitectura. La sección Nexus incluye un texto del propio Carlos Jiménez titulado Memoria, una ciudad, y la necesidad de poesía. Extracto del NexusMemoria «Amanece: con un dedeo impalpable el alba entreabre los párpados: está lloviendo, llueve en el espacio de la memoria». Octavio Paz «Tal vez lo que haya pervivido en mí como rasgo más importante de la educación formal que recibí sea la observación de las cosas, ya que la observación se convierte más adelante en memoria. Parece como si ante mí desfilaran todas las cosas que he observado a lo largo de mi vida, alineadas nítidamente como herramientas de trabajo; aparecen ordenadas como en una tabla botánica, un catálogo o un diccionario. Pero este catálogo, agazapado en algún lugar entre la imaginación y la memoria, no es neutro; siempre reaparece en distintos objetos y constituye su deformación y, en cierto modo, su evolución». Una obra de arquitectura moldea sus habitaciones de luz y sombra a través de la presencia de las cosas, al tiempo que teje el firme tapiz de la memoria. Es a través de la persistencia, de lo inesperado de una memoria precisa o remota, cómo uno completa la idea y el sentimiento de la arquitectura. Siempre me ha maravillado la capacidad de la arquitectura para generar tenazmente y reflejar la memoria. La memoria socava la autoridad de la obra de arquitectura como objeto autónomo o como objeto aislado importante por sí mismo. La memoria delinea las conexiones entre todo lo que ocurre en el mundo. También revela la construcción gradual de una obra de arquitectura en el tiempo, descubriendo la arquitectura como instrumento de percepción. Pero, ¿qué son algunas de esas numerosas y persistentes memorias que le rodean o interceptan a uno en un momento determinado? Como el protagonista de un cuento de Borges, el destino de nuestro presente gira en torno a esas oscilaciones de tiempo confluentes. Lo que permanece más vivo en mi memoria es la intensidad del lugar, que es capaz de inflamar con sus matices particulares hasta la arquitectura más humilde u olvidada. Esta es la huella que imprime un lugar sobre aquellos que estén dispuestos a tomarse un tiempo para atender su invitación, para cruzar su umbral, para recibir a sus generosos mensajeros. De mi infancia en la costa del Pacífico y en el campo de Costa Rica, recuerdo que contemplaba la arquitectura como si fuese una prolongación del exhuberante paisaje, una planta exótica más entre las miles que pueblan aquel pequeño pero privilegiado país. El mundo de la arquitectura popular, tal y como lo entendía entonces, me parecía lleno de especímenes sorprendentes, entrelazado con los paisajes que lo rodeaban, cómodamente integrado o en abierto contraste con ellos. En ocasiones, en mis paseos daba con casas completamente cubiertas de densa y aromática hiedra, formando gigantescos jardines ornamentales adosados a un telón de fondo empapado de agua de lluvia. Otras veces, llamaban mi atención unos postes recién cortados, alineados para formar una cerca o un corral en la hacienda cafetera de mi padre, que florecían repentinamente, al llegar la estación de lluvias, con unas hermosas flores color blanco-púrpura. Parecía que no existía voluntad humana o cosa alguna que fuera capaz de detener la fuerza milagrosa del suelo. La fe espontánea de la naturaleza saturaba hasta el más pequeño y remoto rincón de esa tierra. A menudo me detenía, hechizado, a contemplar la construcción de las chozas de paja, con su elocuente sencillez de troncos y hojas de palma cuidadosamente tejidos. Su proceso de construcción me cautivaba, empezando por la limpieza del terreno, pasando por la lenta erección de la estructura, hasta culminar con el más llamativo de los remates: la esbelta cubierta cónica, estratificada gradual y pacientemente, hoja a hoja, hasta que tuviera el espesor suficiente como para impedir el paso de la lluvia. Las materias primas halladas en las cercanías eran convertidas en edificios que, día y noche, filtraban las brisas marinas, al tiempo que refrescaban el caliente suelo de tierra compactada. Esta transposición de elementos naturales para crear un espacio sensual me demostraba que el paraíso podía ser alterado y recobrado simultáneamente. Las hojas de palma, ya secas y de color tostado, no podían olvidar su pretérita y permanente oscilación al ritmo de las brisas del mar. Diríase que la razón de ser de la arquitectura era proporcionar un lugar donde la turbulencia y la serenidad de la naturaleza se reconciliaran en una sola entidad. Poco después del traslado de mi familia al interior, a la capital, San José, empecé a frecuentar el Museo Nacional, que estaba instalado en una antigua fortaleza que había sido convertida en una serie de habitaciones irregulares, para el exclusivo fin de exponer artefactos de la historia del país. En el medio de la fortaleza, había un amplio patio donde acostumbraba a pasar lo que entonces me parecían horas interminables, contemplando el montañoso perfil de la ciudad. Para mi goce, ante mi vista se extendía un tapiz salpicado de campanarios unidos por ondulados campos rojos y verdes de tejados de cinc, algunos recién pintados, otros en diversos estados de ruina y descoloramiento. Muchas veces he imaginado la ciudad como este abarrotado, vibrante jardín en continuo cambio, aprisionado por la eterna mirada vigilante de las cordilleras centrales. El campo y la ciudad se fusionaban intrincadamente, como si compartiesen un destino singular. Pensar, hacer, soñar arquitectura nos evoca tantos lugares que los impenetrables ritmos del tiempo llegan a romperse. Rara vez logro recordar sus detalles formales precisos. Me acuerdo mejor de un rayo de luz que barre la sorprendida penumbra de un pasillo, de una brisa mentolada al penetrar por una ventana abierta de improviso, de una música apenas susurrada desde la esquina de una habitación. Ayer mismo, al ver una barandilla en la casa de un vecino me sentí transportado al tacto de otra similar que me encontré hace años en medio de las frágiles casitas de madera de las cercanías de Quepos y Limón (dos puertos de Costa Rica). Aquella barandilla se convirtió de improviso en un campo del cual surgieron multitud de casas similares. Reiterativas, aunque pintadas de diferentes colores, ¡ahora las veo tan claramente!, rigurosamente organizadas en torno a un campo de fútbol o a una plaza desaliñada: unas construcciones sencillas, ligeras, castigadas por el tiempo, la lluvia y el sol, aunque siempre tan constantes, dominando el mar o una densa plantación más allá de sus barandales. Recientemente, conduciendo por Houston, me topé con un conjunto de edificios metálicos en cuyas tenues pátinas vi reflejados aquellos increibles edificios de metal que todavía se alzan en San José. Aunque hoy sólo queden unos pocos de esos edificios, se yerguen orgullosos de sus subversivos modales tan poco tropicales (metales que no se oxidan). La perezosa serenidad de una tarde lluviosa en algún lugar del Pacífico noroccidental americano, a menudo me habla del mundo de tierra mojada y casas de heno diseminadas por los cafetales. Cada una de esas casas rodea su propio patio, donde la lluvia penetra como un visitante transfigurado, respetuoso con las habitaciones perfumadas por el inconfundible aroma del café recién hecho. Algo parecido me sucede con una sorprendente estructura que ocupa el primer plano de mi memoria, la iglesia de Ujarras, cerca de Orosi, una ruina completada por la amorosa vigilancia de las más verdes de las montañas. |
| Editorial | David N. Buck |
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| Encuadernacion | Rústica |
| Fecha de edición | 1 abr 2000 |
| Fecha de tirada | 24 jul 2012 |