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La arquitectura portuguesa ha venido recibiendo especial atención de la prensa especializada desde hace unos años, ocupando un espacio muy específico dentro del panorama internacional. La obra de grandes arquitectos portugueses como Fernando Távora, Álvaro Siza o Gonçalo Byrne ha formado generaciones de arquitectos de fama internacional, tales como Eduardo Souto de Moura, Adalberto Dias, Carrilho da Graça o Álvaro Rocha.
Notas sobre algunos arquitectos portugueses
Daniel de Castro Lopes
1. La imagen actual de la arquitectura portuguesa resulta compleja; las ideas que comúnmente eran aceptadas deben matizarse para ajustarse así a las transformaciones del país.
La condición periférica, artesanal y anacrónica de Portugal se está desdibujando, pues la bonanza económica de los últimos años ha potenciado una no siempre asimilada modernización acelerada de las estructuras territoriales y económicas. Los desequilibrios existentes en la sociedad portuguesa se han acentuado con la adopción pasiva, por parte de una incipiente clase media, de modelos extraños en detrimento de la herencia y de los referentes culturales propios.
Ejercer la arquitectura en Portugal ya no es un oficio heroico creador -situación provocada por el Decreto 73/73 que suprime la exclusividad en la práctica de arquitectura de los arquitectos, reduciendo prácticamente su campo de acción a la mera obra de autor para una clientela culta-, sino que pasa a ser una actividad anónima con unas responsabilidades técnicas y legales estipuladas.
La arquitectura portuguesa, centrada en autores como Álvaro Siza, Fernando Távora y Eduardo Souto de Moura, en sus discípulos, colaboradores, maestros o herederos, se enriquece y se hace más compleja cuando, en diez años, se triplica el número de arquitectos colegiados, ampliando dramáticamente los ámbitos de actuación, las sensibilidades y las alternativas creativas.
Así, la enseñanza de la arquitectura, que se limitaba a un modelo de escuela cuyos ejes eran el método y la relación maestro-discípulo, queda fragmentada en una veintena de escuelas con un total de unos 9.000 alumnos, lo cual genera una disgregación de modelos pedagógicos y obliga a que las relaciones pedagógicas sean más burocráticas.
Bajo estas nuevas circunstancias, destaca el reconocimiento progresivo de la arquitectura, debido a la mediatización de sus autores o a la capitalización de su plusvalía simbólico-económica. El gran número de concursos públicos y el apoyo institucional a la cualificación profesional como factor de calidad, así como el aumento de encargos privados, son las consecuencias más importantes de esta nueva situación.
2. La reciente producción arquitectónica, tanto proyectual como teórica, se acomoda a este panorama. Los jóvenes arquitectos destacan por la claridad de sus propuestas y por la coherencia de sus poéticas individuales. La mayor parte de ellos iniciaron su actividad profesional en la década de los años noventa y constituyen, en gran medida, el relevo generacional de la arquitectura portuguesa.
Pero no se les puede definir como una generación, pues las coincidencias son mayores que las opciones comunes, y los consensos más importantes que los partis-pris. Constituyen una red de profesionales activos (cuando no activistas, pues participan en diferentes campos: enseñanza, publicaciones, encuentros especializados, etc.) que comparten objetivos, lo cual no impide que sus caminos sean bien diferenciados. Su característica "generacional" más destacada sea quizá el respeto por la propia autonomía intelectual, simultáneamente a una colaboración abierta y desinteresada, así como la aparente ausencia de un compromiso de grupo para con la sociedad, pues recuperan cierto activismo social y medioambiental para la práctica del proyecto.
La estandarización de los gustos que conforma el espacio cultural donde se desarrolla la arquitectura, entendida como la más práctica de las artes, se refleja en el conjunto de imágenes -que parecen constituir un nuevo estilo internacional puramente mediático- que todos, con mayor o menor pureza, utilizan adaptándolas a nuevos contextos.
3. La arquitectura portuguesa se ha venido definiendo, genéricamente, por su calidad tectónica (dominio de los materiales y control en el detalle), por su composición (abstracta, clara y precisa) y por su acierto topológico (el lugar como matriz). Centrando el análisis en estas categorías pueden destacarse aspectos que, sin llegar a ser una norma, explican los ejes principales de su reflexión.
Como punto en común se encuentra el realismo de sus propuestas; la praxis resistente, que desconfía de las imágenes y que se asienta en el análisis de la realidad, genera una economía semántica que centra la arquitectura en su construcción. Sin rehuir la plasticidad pretenden -mediante un apurado trabajo compositivo parco en efectos y materiales-, apelar a los sentidos y a la emoción, aunque desde la razón.
La materialidad refinada, fruto de la artesanía y de la relativa escasez de materiales (al menos los industrializados), se ha actualizado con la generalización de soluciones constructivas tecnológicamente más evolucionadas. Por otro lado, el uso de los materiales o en el control de los detalles ha sufrido cierta revisión: se plantean propuestas críticas sin caer en la anécdota constructiva o en el object-trouvé funcional.
La dignificación de los materiales prefabricados o las soluciones constructivas industriales mediante un cuidadoso trabajo en los detalles y una optimización de los recursos, aparece en las obras de Cristina Guedes y Francisco Vieira de Campos ya que, debido a lo efímero de sus programas, optan por una búsqueda de la calidad a través de unos medios que, en una primera lectura, podrían parecer limitados.
Idéntica búsqueda está patente en el trabajo de Paulo Providência que replantea programas banales con una extrema elegancia y riqueza espacial, utilizando materiales de un modo inesperado, descontextualizándolos y ennobleciendo con ello el programa o el material empleado.
La depuración del detalle, reduciendo el uso de materiales y condicionándolos al planteamiento espacial general, puede verse en las obras de José Fernando Gonçalves, donde los materiales adquieren significados más abstractos mediante una gran contención de recursos.
La composición de la obra arquitectónica fundamentada en la investigación espacial o en la expresividad semántica ha involucionado aparentemente, pues pasada la "pesadilla semántica" de la década de los ochenta, las obras se reducen a volúmenes regulares o sus agregaciones, donde prima la claridad geométrica y la elementalidad de la masa. Esta reducción plástica a lo esencial desplaza el objeto de la reflexión proyectual hacia los significados de los componentes físicos de la obra de arquitectura.
La norma -o una concepción estructurante del orden- se asume como punto de partida creativo, en sustitución de la invención plástica, en los proyectos de João Pedro Serôdio e Isabel Furtado, en sus modelos abstractos integrales derivados de reglas matemáticas que ordenan el proyecto desde la implantación a los detalles.
Los límites de los elementos semánticos del lenguaje arquitectónico investigados en los recientes proyectos de Manuel y Francisco Aires Mateus, que reflexionan sobre las dualidades muro/hueco y masa/superficie, concatenando estructuras espaciales complejas en volúmenes sencillos, desprovistos de ornamento o de alardes constructivos, proponiendo relecturas de los usos o de la esencia del espacio.
La estética se aborda desde la premisa de la autenticidad constructiva evitando así el recurso escenográfico, en los proyectos de Nuno Brandão Costa, que utiliza códigos y lógicas de sistemas constructivos como principales instrumentos compositivos.
La lectura atenta de las externalidades del proyecto arquitectónico -lugar, programa, construcción, cliente, normativa- ha originado obras de gran acierto en su respuesta al entorno. En un territorio implosionado, sometido a tensiones que a veces no tienen solución, se busca la definición de un territorio autónomo con estrategias abstractas y contundentes.
El aprovechamiento de las potencialidades programáticas y del entorno en la obra del Atelier Búgio genera un orden que estructura e informa el proyecto, potenciando al máximo los indicios, sugestiones o condicionantes externos.
La rotundidad tipológica de la construcción del lugar de las obras de Inés Lobo y Pedro Domingos, que pretenden estabilizar el entorno sacando el máximo provecho de sus características más expresivas, en una concepción palladiana de la obra arquitectónica, ofrece una arquitectura que evita lo inmediato y conduce a una lectura activa de sus contenidos.
La radicalidad se desplaza de la praxis a la obra: las convicciones y discursos se construyen y, paulatinamente, se recupera el sentido profundo de la arquitectura como lugar y matriz de la vida de los hombres.
-Daniel de Castro Lopes
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