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Bibliotheca
Rosângela Rennó, nos presenta aquí su libro de artista. Surgida en los años noventa, su obra visual se interroga sobre la naturaleza de la imagen a través de la apropiación de fotografías encontradas en archivos o en tiendas de ocasión, como es el caso de Bibliotheca.
En este libro se agrupan más de cuatrocientas fotografías de álbumes de familia o de viaje que, reunidas por la autora a lo largo de diez años, manipuladas y extraídas de sus referentes, adquieren un nuevo significado. Intensas imágenes de caracteres anónimos con los que Rosângela Rennó juega a construir nuevas interpretaciones y a intuir historias, devolviendo identidades y rescatando del olvido a personas y vivencias. Historias ordinarias de gente anónima que ella convierte en extraordinarias. El resultado final es un bello libro de naturaleza sutil y enigmática, que quizá nos impresiona tanto porque en él vemos reflejadas a la vez que halagadas nuestras propias historias.
Descripción técnica del libro:
Rosângela Rennó nos presenta aquí su libro de artista. Surgida en los años noventa, su obra visual se interroga sobre la naturaleza de la imagen a través de la apropiación de fotografías encontradas en archivos o en tiendas de ocasión, como es el caso de Bibliotheca.
En este libro se agrupan más de cuatrocientas fotografías de álbumes de familia o de viaje que, reunidas por la autora a lo largo de diez años, manipuladas y extraídas de sus referentes, adquieren un nuevo significado. Intensas imágenes de caracteres anónimos con los que Rosângela Rennó juega a construir nuevas interpretaciones y a intuir historias, devolviendo identidades y rescatando del olvido a personas y vivencias. Historias ordinarias de gente anónima que ella convierte en extraordinarias. El resultado final es un bello libro de naturaleza sutil y enigmática, que quizá nos impresiona tanto porque en él vemos reflejadas a la vez que halagadas nuestras propias historias.
"Mi memoria, señor, es como un vertedero de basuras. Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo".
"Sabemos que formamos parte de la historia aunque no la hagamos nosotros mismos, que la historia conoce actores y víctimas, y que existen cosas que no aparecen en los álbumes. A lo visible lo llamamos condición humana, aquello de lo que sabemos algo, incluyendo los misterios. Por ello gozamos del derecho a mirar a los desconocidos tal como ellos nos mirarían a nosotros si algún día encontraran nuestro álbum de fotos en el rastro, algún día, al cabo de mucho tiempo. Ellos verían entonces cómo nuestra familia aumenta y disminuye, verían a los que se añadieron, verían cómo crecimos y menguamos, y nosotros les miraríamos con la cara seria o con una sonrisa, enamorados, viejos o llenos de esperanza, solos o en compañía de otros, y, sin saber nada, sabrían mucho de nosotros, y, con una ligera sensación de melancolía, cerrarían nuestro álbum comprendiendo que se han mirado a sí mismos, la saga de las posibilidades humanas representada por unos desconocidos en el mismo país o en otro, en el mismo tiempo o en otro, si bien otra vida". A quien pueda interesar Durante más de 160 años fui la autoridad suprema de aquel innombrable segmento de la Bibliotheca; la más terrible, misteriosa, compleja y abyecta sección, depósito de los vestigios visuales de todas las pequeñas historias de la humanidad, hacia donde se dirigían todos los individuos, desde los más dignos hasta los integrantes de la más vil escoria de la sociedad, en un intento de librarse de su pasado, de sus fantasmas y de los testimonios de sus actos. Mi tarea consistía en realizar el insano e inconmensurable trabajo de recibir y protocolar los álbumes de fotografía, las colecciones de diapositivas y los siempre incómodos negativos fotográficos, tomar conciencia de los respectivos relatos, clasificarlos, ordenarlos y archivarlos en función de su procedencia y de su contenido histórico-descriptivo, lacrar definitivamente las respectivas cubiertas, tapas y cajas, ordenarlas y guardarlas, día tras día, año tras año, década tras década. Si un día los protagonistas de aquellas historias volvieran del polvo, un día, por orden superior, la prueba incontestable de su existencia debería volver al polvo, ad infinitum. Debo afirmar, para alivio de mi conciencia, que no fue sin un dolor tremendo que cumplí las órdenes de archivar la Bibliotheca a lo largo de todos estos años. Me dolían los ojos y el alma por tener que sellar el destino, a pesar de su grado de compromiso con la humanidad de cada uno de aquellos relatos: el archivo muerto y el olvido absoluto. Corriendo todos los riesgos inherentes a la corrupción del sistema, creé una subsección, una especie de archivo dentro del archivo, una biblioteca dentro de la Bibliotheca, donde reuní las historias más estimulantes, justamente aquellas que constelaban una pequeña, aunque universal, humanidad, en el interior de la enorme masa de pequeños relatos perdidos en el tiempo. Hice algo terrible. Como si hubiese tomado un narcótico al cual uno se vuelve adicto fácilmente, comencé a fotografiar las capas y los envoltorios de algunas de aquellas colecciones de imágenes, ya que el sistema de archivo de las narrativas visuales paradójicamente despreciaba contenidos y continentes, prescindiendo de la imagen propiamente dicha, considerada obsoleta y hasta obscena. E hice algo peor. En el silencio de noches sucesivas, entré en la Bibliotheca con mi llave personal y fotografié, de los álbumes y de las colecciones de diapositivas elegidas, las imágenes más emblemáticas, las más enigmáticas, las más sinceras y, finalmente, aquellas que comprendían, metonímicamente, la totalidad del documento archivado. Los criterios adoptados para la selección y documentación de las imágenes fueron de carácter estrictamente subjetivo, pero, ni por eso, dejaron de merecer el mismo rigor. Huelga decir que sin embargo, tales criterios fueron, son y continuarán siendo absolutamente sigilosos, in aeternum. Siempre supe que, con mi actitud, estaba incurriendo en tres errores gravísimos -dos de ellos de orden ético-, sin embargo, Dios sabe cuán imposible resulta controlar los comportamientos obsesivo-compulsivos, sobre todo a los observadores-archivadores, voyeurs y coleccionistas como yo. Al violar los designios superiores del archivo integral, estaba igualmente violando el derecho de autor de todas las narrativas visuales. Sin embargo, el deseo de poseer algunas de aquellas imágenes sustituyó el temor del severo castigo, y la imposibilidad de identificar a los respectivos protagonistas y autores, entre millones de muertos y vivos, alivió mi angustia ante la contravención y el vicio, además de autorizar ese acto de no contrición. El tercer error, todavía más terrible, era de orden estético: ¿cómo podría yo afirmar, con la certeza necesaria, que las imágenes elegidas eran efectivamente las que mejor sintetizaban los relatos? ¿Qué narrativas representarían con precisión los designios de la humanidad? Es más: ¿no estaría yo, tal vez, al hacer inadvertidamente una elección equivocada, provocando querellas políticas, incidentes diplomáticos, tremendos cataclismos históricos o, peor aún, traicionando a autor y personajes? Jamás fui capaz de responder a tales preguntas, lo que me llevó a acogerme al beneficio de la duda como si bebiese el elixir de la sabiduría del mundo y, de esa forma, crear, a partir de mi archivo trasgresor, una narrativa universal, a través de un arte medio hecho para el hombre medio, donde todos, los autores, los editores y ahora, los lectores, fuésemos, igual e indiscriminadamente, personajes. Aquel sector de la Bibliotheca, no sólo dirigido con mano de hierro, sino también custodiado con uñas y dientes a lo largo de muchas décadas, ya no existe, para alivio o desesperación de muchos. Su contenido, lacrado e inaccesible, visto y violado por mí una única y última vez, se perdió inexplicablemente dentro de algún colosal sector muerto. Tal vez, por un descuido de la administración o por desinterés de la comunidad. Un gigantesco corpus extraviado, entre los tantos existentes, depositados por ley en el cuerpo de la Bibliotheca. El contenido de este libro se convirtió, por lo tanto, en la propia Bibliotheca. La bibliotecaria
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| Editorial | David N. Buck |
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| Encuadernacion | Cartoné |
| Fecha de edición | 1 jun 2003 |
| Fecha de tirada | 1 jun 2003 |