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Exhibition Pavilions
Making excellent use of the documentary evidence, Exhibition Pavilions brings together 50 pavilions of varying origins and periods for this one last exhibition on paper. Presented here is the material necessary for rethinking and mentally reconstructing a number of buildings condemned from the very first to disappear. Works ranging across the whole century are presented, from the first moderns (Peter Behrens, Bruno Taut and Josef Hoffmann), via the masters of the Modern Movement (Le Corbusier, Mies van der Rohe, Walter Gropius and Alvar Aalto) and the great architects of the post-war period (A+P Smithson, BBPR, Max Bill and Charles & Ray Eames), to contemporary architects of international repute (Sverre Fehn, Álvaro Siza, Frei Otto, Renzo Piano and MVRDV).
Descripción técnica del libro:
Making excellent use of the documentary evidence, Exhibition Pavilions brings together 50 pavilions of varying origins and periods for this one last exhibition on paper. Presented here is the material necessary for rethinking and mentally reconstructing a number of buildings condemned from the very first to disappear. Works ranging across the whole century are presented, from the first moderns (Peter Behrens, Bruno Taut and Josef Hoffmann), via the masters of the Modern Movement (Le Corbusier, Mies van der Rohe, Walter Gropius and Alvar Aalto) and the great architects of the post-war period (A+P Smithson, BBPR, Max Bill and Charles & Ray Eames), to contemporary architects of international repute (Sverre Fehn, Álvaro Siza, Frei Otto, Renzo Piano and MVRDV).
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A lo largo del siglo xx las exposiciones han constituido un valioso campo de pruebas de la arquitectura moderna. Muchos de los más importantes arquitectos del siglo han aprovechado la ocasión singular de construir un pabellón para ensayar algunos de los temas que desarrollarían en obras posteriores. La particularidad del pabellón de exposición radica en sus extrañas condiciones de partida: un cliente un tanto indefinido y un programa casi inexistente que, junto a la rapidez de encargo y ejecución, convierten a estos edificios en un intenso campo de experiencias al tiempo que constituyen un particular conjunto de obras de gran calidad en el panorama de la arquitectura del siglo xx.
Pabellones de exposición recopila cincuenta pabellones de procedencia diversa y construidos en diferentes momentos y circunstancias para, a través de los documentos que los atestiguan, exhibirlos en esta última exposición en papel. Lo que aquí se ofrece es el material necesario para poder repensar y reconstruir mentalmente unos edificios condenados desde el principio a su desaparición. "Pocos edificios tan expuestos como los reunidos en este volumen: pabellones de exposición. De exposición, en tanto que se han mostrado, se han dejado ver, en esas ciudades efímeras que son las exposiciones "universales o nacionales, industriales o artísticas". De exposición también porque han corrido riesgos, se han aventurado por caminos desconocidos. De exposición todavía porque, a través de ellos, sus autores han ensayado temas que, como quien expone un tema musical, iban a desarrollar en obras sucesivas. De exposición, por último, en el sentido fotográfico de la palabra. Así, como si de una inversión del concepto de tiempo de exposición se tratara, permanecieron expuestos el tiempo suficiente para ser capturados en unas a veces reducidas series de fotografías. Son precisamente esas fotografías las que recoge este libro. A través de ellas, se propone una nueva exposición en la que podrán finalmente encontrarse en su hábitat natural "el papel impreso" pabellones vistos en tiempos y lugares distintos. Tal vez este libro haga más por ellos que esas dudosas reconstrucciones que, como una extraña colección de mariposas fijadas para siempre por el largo alfiler del entomólogo, han ido apareciendo desde hace ya algunos años por el sur de Europa." - Presentación de Carles Muro. Introducción (Extracto) Al repasar la arquitectura del siglo XX encontramos una sorprendente cantidad de pabellones de exposición entre las obras cumbre. Lo inusual de que edificios tan pequeños y de tan corta vida hayan entrado a formar parte de la iconografía de la arquitectura moderna se debe al misterio que siempre les ha rodeado y que reside en sus especiales condiciones de partida: una gestación más bien breve, una existencia corta en el tiempo y un final súbito. Nos quedan sólo algunos restos de su existencia: crónicas locales, el recuerdo de algún visitante, unos planos que no podemos cotejar con el modelo original y una limitada cantidad de fotos conservadas en archivos dispersos. Lo que podemos reconstruir a través del recuerdo de estos documentos y fotografías plantea ciertas discontinuidades en una historia de la arquitectura del siglo XX que se resquebraja ante la desaparición de unos edificios suficientemente importantes como para sentirlos como verdaderas pérdidas, como cortes que inevitablemente la sesgan. Los documentos con los que contamos para su reconstrucción los mantienen en su primitivo estado, sin apenas alteraciones: han muerto jóvenes. Su efímera existencia no permite que los años pasen y el tiempo no deja huella sobre ellos. Al conservar su estado original, inalterado en las escasas variaciones que podemos distinguir entre los documentos que nos han dejado de su breve existencia, rastreamos su historia sin fallas, sin deterioro alguno. Registrados casi en una instantánea que evita su desaparición, los pabellones se convierten en objeto de culto del arqueólogo moderno. Exigen una entrada diferenciada para su conocimiento, no podemos visitarlos. Su inexistencia física, su pérdida, obliga a una reactualización continua, a una puesta en escena cada vez que queremos reconstruirlos. 1. El pabellón lo permite casi todo. Y lo permite por sus extrañas condiciones de partida: encargo, cliente, construcción, duración y destrucción. El propio cliente (un país, una ciudad, una industria) busca un arquitecto singular para un edificio singular. Se convocan concursos donde se permite lo que en ningún otro concurso se permitiría, se adjudican pabellones como obras de prestigio, e incluso algunos llegan a ser autoencargos por parte de sus propios autores. Su objetivo es representar en un pequeño espacio "en un edificio de reducido tamaño que normalmente no exige demasiado desarrollo programático" la casa de un país entero, de una ciudad, un acontecimiento o una industria. Uno ni siquiera se ha de preocupar por una construcción convencional ya que ésta ha de durar bien poco. Aunque cumplan con unas mínimas condiciones de habitabilidad, su construcción es un tanto especial pues los pabellones tan sólo han de durar unas pocas semanas o unos meses. A veces incluso parecen maquetas, montajes de cartón piedra, escenarios de representaciones fugaces. El uso queda prácticamente restringido a acompañar lo que en ellos se expone, llegando a veces a exponerse sólo a sí mismos. En algunos casos son meros escenarios vacíos: contienen sólo lo que son. La arquitectura moderna se encuentra a gusto en el pabellón. Se colma toda la prisa por dar forma, por construir, aunque sea rápidamente y para durar poco tiempo, pequeños edificios como manifiestos. La más lenta y paciente de todas las artes, con períodos de construcción de años, décadas e incluso siglos, se acelera para aprovechar la inmediatez e intrascendencia de las construcciones efímeras y utilizarlas como experiencias para arquitecturas posteriores. La rapidez con que actuaron las vanguardias en otros campos artísticos retardaba su aparición en las obras de arquitectura: en el pabellón esto se consigue. La constatación de lo experimentado es casi inmediata. En pocos meses se concibe el proyecto, se construye y desaparece sin dejar más huella que unas pocas fotografías. Por ello, no es extraño contar con tantas obras maestras entre los pabellones de exposición. Durante todo el siglo XX éstos han servido como laboratorios de otras arquitecturas. Rastreamos su presencia en edificios (tanto de los mismos autores como de otros arquitectos) de todo el siglo. Escaparates de tendencias y métodos que se adelantan a edificios posteriores o culminan procesos ya iniciados. 2. Tras acaparar toda la atención en la feria, tras ser protagonistas durante el corto tiempo que dura una exposición, desaparecen repentinamente. Unos se desmontan, otros se desguazan o simplemente se derrumban; los más afortunados se venden a particulares como curiosidades o viajan de exposición en exposición mientras su frágil construcción lo permite. Algunos de los más emblemáticos han visto perder toda su magia en recientes reconstrucciones. Así les ha ocurrido al Pabellón Alemán de Mies van der Rohe, al de la República Española de J. Ll. Sert y L. Lacasa, a L'Esprit Nouveau de Le Corbusier, al del Centenario del Aluminio de Jean Prouvé o al Patio & Pavilion de A. & P. Smithson que ha retornado a Londres tras más de tres décadas de su primitiva construcción. Réplicas momificadas de lo que fueron, apenas se aguantan en un tiempo que no es el suyo; fuera de un lugar que, aunque les corresponda arqueológicamente, ya no es el suyo, junto a unos vecinos que ya no reconocen. El interés por su reconstrucción reside exclusivamente en el gusto moderno por el coleccionismo, descontextualizar una obra para presentarla a ojos de todos como objeto de estudio, en este caso, como pieza única en un museo que no es sino sí mismo. El hecho de reconstruir algo destinado, en principio, a una existencia efímera acaba con el aura tan codiciada por el arqueólogo moderno, mata las posibilidades de su reconstrucción, reduciéndolas a una sola, a aquella en la que se ha reconstruido. 3. El pabellón de exposición, tal y como lo entendemos hoy, aglutina una serie de contenidos de procedencia diversa a lo largo de la historia de la arquitectura. Desde su propia definición, el pabellón es una construcción que mantiene una dependencia sobre algo que le es superior y sobre el que se sitúa como un satélite. Esta condición de apéndice excéntrico, situado marginalmente con relación al edificio madre, le dota de cierto carácter singular, permitiéndole aquello que no se permite en otros lugares. Su excentricidad es al mismo tiempo lugar de liberación y de concentración de contenidos. Se libera de aquello que no le está permitido al edificio del que es apéndice, se concentra y se ensimisma. Lo que el pabellón contiene es esencial y constituye un lugar especialmente intenso. Su naturaleza exquisita lo convierte en un lugar de extraordinario refinamiento, de lujo, casi como una caja de las maravillas. Es esencia de lo superfluo, libera a su edificio principal de la sinrazón, enfrentándose a él desde su deformidad, desde casi su monstruosidad. Su naturaleza es profundamente ornamental: llama la atención sobre sí pero para desviarla inmediatamente hacia el edificio del que depende, no permite la estancia más que como tránsito hacia el edificio principal. El pabellón retoma también la tipología del pabellón de jardín de tradición oriental como ornamento superfluo del paisaje. Integrado en el jardín, pauta los recorridos estableciendo puntos de una intensidad especial. Ofrece una pausa y un lugar privilegiado de contemplación, casi sentimental, de lo que le circunda. La atención se detiene momentáneamente en él para, una vez dentro, volver a expulsarla hacia fuera. Su interior sirve casi sólo como marco de observación de aquello que nunca ocurre en su interior, sino en otro lugar. En su naturaleza ornamental, el pabellón recoge ciertas connotaciones de puesto ambulante, de parada de mercado, de chiringuito. Como los puestos de los charlatanes, lo importante es hacerse notar, atraer al espectador hacia aquello que se anuncia. El "pasen y vean" ya no se vocea, es la propia arquitectura la que se encarga de hacerlo. El pabellón de exposiciones se carga de toda la iconografía derivada de la arquitectura publicitaria: colores, luces, neones, grandes rótulos, banderolas, logotipos, marquesinas-anuncio en un ambiente festivo por competir por la atención de los visitantes. |
| Editorial | David N. Buck |
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| Encuadernacion | Rústica |
| Fecha de edición | 1 oct 2000 |
| Fecha de tirada | 1 oct 2000 |