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La belleza del siglo
Desde las heroínas de la antigüedad hasta las diosas de los tiempos modernos, la belleza femenina ha tenido una historia propia. Cada época define sus arquetipos, erige sus propios mitos e inventa sus propias recetas. Este libro repasa la historia universal de la belleza a través de un recorrido por la historia del arte, de la cosmética, de las revistas, de los perfumes y, sobre todo, la historia de un siglo donde la búsqueda desenfrenada de la novedad ha suscitado el surgimiento de múltiples cánones de perfección tan míticos como efímeros. A lo largo de esta obra, cover-girls, actrices, princesas, divas, estrellas del rock y bellezas anónimas se erigen como espejo de una época e ilustran el culto que el siglo XX ha rendido a la belleza.
Dorothy Schefer Faux trabajó en Mirabella y Vogue y posteriormente fundó la empresa de comunicación Gloss. En la actualidad, es colaboradora habitual de revistas de moda norteamericanas.
Nathalie Chahine es periodista de Bayard Presse. Es coautora del libro 100 ans de beauté (1999).
Catherine Jazdzewski es redactora de la sección de belleza de Vogue y colabora en el diario Le Monde.
Marie-Pierre Lannelongue es periodista de la revista Elle.
Françoise Mohrt fue redactora jefe de la sección de belleza de Vogue Francia entre 1960 y 1978, y autora de numerosos artículos en Architectural Design, La Mode en peinture, Vogue Décoration, L’Égoïste, Beaux-Arts y Le Figaro. Es también autora de Trente ans d’élégance et de créations (1983) y Style Givenchy (1998).
Fabienne Rousso es periodista de la revista Elle y autora de varias obras. Cineasta, en 1996 obtuvo el primer premio al documental en el Festival Internacional de Cine de Chicago por su película Zakhor.
Francine Vormese es periodista de la revista Elle. Es coautora de Années Elle 1945-2000 y editorialista del Best of des voyages de Elle Décoration (1999).
Descripción técnica del libro:
Desde las heroínas de la antigüedad hasta las diosas de los tiempos modernos, la belleza femenina ha tenido una historia propia. Cada época define sus arquetipos, erige sus propios mitos e inventa sus propias recetas. Este libro repasa la historia universal de la belleza a través de un recorrido por la historia del arte, de la cosmética, de las revistas, de los perfumes y, sobre todo, la historia de un siglo donde la búsqueda desenfrenada de la novedad ha suscitado el surgimiento de múltiples cánones de perfección tan míticos como efímeros. A lo largo de esta obra, cover-girls, actrices, princesas, divas, estrellas del rock y bellezas anónimas se erigen como espejo de una época e ilustran el culto que el siglo XX ha rendido a la belleza.
Dorothy Schefer Faux trabajó en Mirabella y Vogue y posteriormente fundó la empresa de comunicación Gloss. En la actualidad, es colaboradora habitual de revistas de moda norteamericanas.
Nathalie Chahine es periodista de Bayard Presse. Es coautora del libro 100 ans de beauté (1999).
Catherine Jazdzewski es redactora de la sección de belleza de Vogue y colabora en el diario Le Monde.
Marie-Pierre Lannelongue es periodista de la revista Elle.
Françoise Mohrt fue redactora jefe de la sección de belleza de Vogue Francia entre 1960 y 1978, y autora de numerosos artículos en Architectural Design, La Mode en peinture, Vogue Décoration, L’Égoïste, Beaux-Arts y Le Figaro. Es también autora de Trente ans d’élégance et de créations (1983) y Style Givenchy (1998).
Fabienne Rousso es periodista de la revista Elle y autora de varias obras. Cineasta, en 1996 obtuvo el primer premio al documental en el Festival Internacional de Cine de Chicago por su película Zakhor.
Francine Vormese es periodista de la revista Elle. Es coautora de Années Elle 1945-2000 y editorialista del Best of des voyages de Elle Décoration (1999).
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Índice de contenidos: Introducción (Dorothy Schefer Faux) La belleza a través de la historia (Fabienne Rousso) Las décadas (Nathalie Cahine, Marie-Pierre Lannelongue y Françoise Mohrt) La belleza étnica (Francine Vormese) Los cosméticos (Catherine Jazdzewski) Las revistas (Catherine Jazdzewski) Los perfumes (Fabienne Rousso) Bibliografía Créditos fotográficos Agradecimientos |
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Texto de la introducción: ‘La belleza Introducción La belleza en el futuro: el ideal femenino en libertad Una tarde lluviosa de diciembre, unas pocas semanas antes de iniciarse el nuevo milenio, tuvo lugar un momento histórico en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. La música de los Rolling Stones resonaba en las galerías que custodian los más preciosos objetos de todas las épocas, donde se había reunido la flor y nata de la sociedad actual. Era la gala anual de beneficencia, la Party of the Year, una ceremonia durante la cual el Instituto de la Indumentaria del Met rendía homenaje a los artistas del rock por su contribución al estilo de nuestro tiempo y a las personalidades de la moda que se inspiraron en ellos. ‘Sería difícil considerar en su justa medida la influencia del rock en el estilo del final del siglo XX -afirmaba Richard Martin, conservador del Instituto de la Indumentaria hasta su muerte, producida en 1999-. Más que el cine o la industria de la moda, ha tenido un impacto considerable en el ámbito visual.’ El mundo de la belleza se lo ha apropiado: los desfiles de alta costura de finales de los años noventa se orquestan como conciertos de rock, mientras que creadores como Calvin Klein eligen a estrellas del rock como maniquíes para su publicidad; los colores de las líneas de maquillaje, como las de Tommy Hilfiger y Mac, llevan nombres de estrellas del rock, e incluso los estilistas del maquillaje se vuelven hacia esta música en busca de inspiración. ‘La música me hace pensar a veces en los colores y me da ideas para crear looks diferentes’, declara Dick Page, conocido como el pionero del maquillaje minimalista. ¿Cómo puede el rock ejercer semejante influencia en el estilo y la belleza del cambio de siglo? Por sus artistas, ya que su glamour, su diversidad, su sentido de la provocación y los temas que abordan responden al espíritu de nuestro tiempo. Si a una cara le basta con ser bonita para seducir, para ser fuerte la belleza debe ser algo más que una fachada y simbolizar algo superior, algo que afecte al alma. La música posee la riqueza de las emociones, de los pensamientos y de las pasiones del artista, algo que un rostro no puede personificar por sí solo. De ahí los disfraces que copian el rock, cuya moda simboliza hasta tal punto nuestro tiempo que fue verdaderamente el centro de aquella velada en el Met. Las invitadas eran emblemas espectaculares de los ideales de la belleza moderna contemporánea: estrellas del mundo de la música, como Liz Phair, Jennifer Lopez, Whitney Houston y la rapera Lil’ Kim; modelos, como Kate Moss, Naomi Campbell e Iman; mujeres de la aristocracia y de la alta burguesía, como Diane von Furstenberg, la princesa Marie-Chantal de Grecia y Aerin Lauder; actrices, como Gwyneth Paltrow, Heather Graham y Elizabeth Hurley, que también es modelo de Estée Lauder. André Leon Talley, el director de Vogue, le preguntaba a un periodista del New York Times: ‘¿Se habría podido imaginar semejante espectáculo? ¿A Annette de la Renta con sus elegantes faldas de seda abullonadas y a Lil’ Kim con ese biquini Versace? Incluso son la encarnación de la misma velada’. Y, al parecer, la del siglo. A las puertas del nuevo milenio, después de un último medio siglo consagrado a la resolución de problemas sociales como el racismo, el puritanismo, los derechos de las mujeres, la pobreza, el machismo, etcétera, los diversos aspectos revestidos por la belleza nos han servido de espejo. La apariencia, bajo distintas encarnaciones e imágenes extremas, ha reflejado los diferentes procesos de transformación: deconstructivismo, antibelleza, look heroína, influencias multiculturales y globales, androginia, etcétera, a través de los cuales hemos evolucionado en este clima posmoderno antes de encontrar un nuevo equilibrio: un ideal de belleza que podría ser el de cualquiera de estas fases o algo completamente diferente. En la actualidad, como nunca antes, la belleza es plural y se define individualmente. El efecto de esta búsqueda de uno mismo y el trayecto recorrido a lo largo del siglo se hacen visibles. ¿Han conducido a una revolución de la belleza? Quizá. Este estilo individual, al que se adhieren nuestros contemporáneos, no se desarrolló hasta los años sesenta. En la actualidad encontramos a veces apabullantes la diversidad de estilos de belleza, aspectos y géneros, y el extenso abanico de propuestas que es necesario contemplar para satisfacer el deseo de parecer único, mientras que cada época de la primera mitad del siglo sólo solía generar un único modelo de belleza, adoptado por la mayoría de las mujeres. Así, en la década de 1910, en las postrimerías de la belle époque, las mujeres se inspiraban en las fotografías de las damas de la aristocracia peinadas y vestidas a la última moda, que entonces consistía en una cintura de avispa y una silueta en S (obtenidas gracias a un asfixiante corsé de ballenas rígidas), un maquillaje natural, un cuello esbelto y un amplio sombrero en precario equilibrio sobre complicadas estructuras compuestas de postizos. Al exigir una silueta ciertamente graciosa, pero constreñida y complicada, este estilo impedía a las mujeres los trayectos largos y los trabajos domésticos. En los años veinte, el cine, que se popularizó a partir de la I Guerra Mundial, se impuso como la clase de distracción preferida, con mucho, por todos. Su desarrollo difundió un nuevo estilo, que se extendió como un reguero de pólvora, y alcanzó a las mujeres de todas las edades y todos los ambientes. La estrella de cine, bella y adulada, eclipsó a la mujer de mundo. A la radicalidad del medio correspondió la de la nueva tendencia: vestidos y cabellos cortos, maquillaje recargado y ropa deportiva. El corte a lo paje, los ojos resaltados con kohl, la esbeltez de una silueta ya libre del corsé y el pintalabios negro de actrices como Louise Brooks y Gloria Swanson influyeron en una generación de mujeres a quienes era imposible acceder a la modernidad sin cortarse antes el cabello. Por estrictos que fueran estos imperativos, los años veinte marcaron el principio de lo que consideramos como belleza moderna. Y la imagen emblemática de estas estrellas penetró en la sociedad tan profundamente que no dejó de reaparecer a lo largo del siglo. Durante treinta años, Hollywood iba a seguir ejerciendo una gran influencia en la definición del estilo y la belleza. Después de la Gran Depresión de 1929, permitió el sueño y la evasión que Estados Unidos tanto necesitaba. Nunca el estilo y el glamour habían tenido tal influencia. La provocadora sensualidad de Marlene Dietrich o de Greta Garbo alcanzó una notoriedad internacional. Su mirada lánguida, sus labios claramente perfilados, sus finas cejas arqueadas y su cabello sedoso determinaron el estilo de la década. Jean Harlow, la primera estrella en teñirse el pelo de rubio platino, lanzó una tendencia que quedaría asociada para siempre con Hollywood y que continúa siendo imitada en la actualidad. Marlene Dietrich, Carole Lombard, Veronica Lake, Lauren Bacall, Marilyn Monroe, Grace Kelly, Anita Ekberg, Brigitte Bardot, Farrah Fawcett, Catherine Deneuve y Gwyneth Paltrow... Todas han querido reproducir ese rubio espectacular. Durante la II Guerra Mundial, Hollywood produjo una vez más reinas de belleza y elegancia, para insuflar el sentido del deber a la población femenina que permaneció en el país, y para elevar la moral de las tropas. La extrema feminidad de Veronica Lake, de Rita Hayworth y de Lauren Bacall, con su espeso cabello, largo y ondulado, su cargado maquillaje, sus ojos rasgados y sus gruesos labios, las convirtieron en pin-up ideales. Sus poses voluptuosas, la imagen provocadora de sus cortísimos pantalones y sus ceñidas camisas, y su larga cabellera suelta crearon un nuevo símbolo de belleza: la ‘bomba’. Desde entonces, bombas como Marilyn Monroe, Brigitte Bardot, Cindy Crawford y Laetitia Casta no dejan de suscitar la adoración de los hombres y la emulación de las mujeres. En todas las épocas, la moda ha impuesto su estilo a la belleza, y viceversa. En la actualidad, las revistas de alta costura presentan una versión de la belleza escandalosamente rica, delgada e inaccesible a la mayoría de las mujeres. Con todo, a ellas les siguen gustando la dignidad y el ideal que transmite. Esta imagen se desarrolló a finales de los años cuarenta y a principios de los cincuenta, en la época en que Richard Avedon e Irving Penn realizaban las fotografías estilizadas y extraordinariamente elegantes del new look de Dior. En la Europa desmoralizada de la posguerra, obligada a reconstruirse con escasos recursos, sólo una persona tan inspirada como Dior supo insuflar de nuevo un poco de esperanza. En su deseo de que la belleza de las mujeres despertara a Francia de sus muertes, creó un estilo que, como el de la belle époque, las transformaba en flores que brotaban de las ruinas. El new look, como Dior lo llamaba, era un conjunto que abarcaba el vestidito sin tirantes con cintura de avispa y falda amplia, el cabello peinado hacia atrás, la cara pintada y la postura exageradamente erguida. Volvía a dar a las mujeres una dignidad estricta y exigente, y recuperaba múltiples ideas del cambio de siglo sobre la belleza. Les impuso formas en A, H o Y, en óvalo o en tijera, y una nueva postura que era en realidad lo contrario de la forma en S. Los corsés de ballenas y las faldas que obstaculizan los movimientos hicieron de nuevo su aparición, reconstruyendo el concepto de la flor inmóvil de la belle époque. Esto provocó la ira de Coco Chanel. ‘Quiere que las mujeres se asemejen a sillones; les pone fundas’, se indignaba. Y Coco regresó de su retiro. Chanel tenía otra idea de la belleza y la distinción. Para ella, la dignidad era espontánea en la mujer, y ésta era libre de expresarla. En su nueva versión, su elegante indumentaria deportiva de los años veinte no sólo devolvió a las mujeres elegantes de mediados de siglo su verdadera silueta y su libertad de movimientos, sino que reactivó una esfera de influencia en realidad nunca desaparecida: formas naturales, prendas de vestir básicas y ligeras, accesorios simples y belleza sin pintura. La estructura más informal y reservada de sus prendas de vestir influyó a su vez en la belleza del momento. El maquillaje y los peinados se hicieron más discretos, al contrario de los rostros austeros y muy remarcados, de las cejas arqueadas y de los labios oscuros impuestos por Dior. La filosofía de Chanel no dejó de inspirar e influir en algunas de las creadoras de imagen más importantes del siglo. En Estados Unidos, en los años setenta, Diane von Furstenberg, descrita por Newsweek como ‘la mujer de la moda que más ha evolucionado desde Coco Chanel’, cambió la forma de vestir de las estadounidenses, y muy especialmente de aquellas que ejercían una profesión. Se basó en un único concepto: el vestido tubo (ajustado); simple y femenino, sentaba bien tanto durante el día como por la noche, en la oficina o para una cena en la ciudad, y proporcionaba un aspecto sexy y elegante sin obstaculizar los movimientos. Diane von Furstenberg quería que las mujeres impusieran su propio estilo y su propia belleza a la prenda de vestir, y no al contrario. En los años ochenta y noventa, Donna Karan llevó este estilo un poco más lejos con sus prendas básicas elegantes y fáciles de llevar, que aportaban una imagen más natural y sexy que la de los trajes masculinos de los hombres poderosos. Como en la época de Chanel, la revolución llegaba de una mujer profesional moderna, que se sentía próxima a sus colegas y debía dar respuesta a sus necesidades. En los años cincuenta se desarrollaron fuerzas de cambio. Mientras que las madres pretendían combinar el papel de perfecta ama de casa de June Cleaver [la supermamá de la televisión estadounidense], la seducción de Marilyn Monroe y el estilo Vogue de Lisa Fonssagrives, Suzy Parker o Bettina, las preferencias de sus hijas las determinaban más bien su estilo de música preferido o sus estrellas televisivas favoritas. Sus modelos eran numerosos: los vaqueros de EIvis, los ojos destacados con kohl y los pantalones corsario de Audrey Hepburn, los jerséis ceñidos y el rubio cabello de Brigitte Bardot. Aunque el estilo de las madres de los años cincuenta nunca regresó, sus ídolos sobreviven. Sandy Linter, una estilista dedicada a crear la imagen facial de muchas estrellas actuales, lo confirma: ‘Cuando maquillo a celebridades, todas me piden parecerse a Madonna o a Audrey Hepburn’. Al envejecer, estas jóvenes de los años cincuenta, muy identificadas con su generación, experimentaron un enorme distanciamiento respecto a los valores de sus padres. Cuando Yves Saint Laurent se hizo cargo de Dior en 1957 y su beat look mezcló el estilo de las muchachas de la calle con el más distinguido de sus madres, la alta costura se inclinó cada vez más del lado de una nueva generación sedienta de cambios. En Europa, al igual que en Estados Unidos, los años sesenta fueron un período de grandes transformaciones sociales y de agitación política. Al llegar Kennedy a la Casa Blanca en 1960, el idealismo, la juventud y el deseo de cambio del presidente subyugaron al mundo entero. Y, a lo largo de su vida, la elegante modernidad de Jackie Kennedy, su gracia y su imagen fueron fuente de seducción. La música como fuerza social alcanzó su cenit con la histeria colectiva creada por los Beatles y los Rolling Stones. Todos los menores de treinta años del mundo occidental parecieron entonces adoptar el swing inglés de Twiggy, Biba y King’s Road, las minifaldas, los grandes ojos y las pestañas postizas de Mary Quant, el cabello cardado, el corte a lo chico y el pintalabios pálido. Las prendas de vestir, los peinados y el maquillaje se inspiraron en el estilo geométrico del pop art y en el op art de Andy Warhol, Bridget Riley, David Hockney y Frank Stella. El corte de pelo geométrico a lo Vidal Sassoon, los flequillos espesos y largos, el moño, los ojos agrandados por un triángulo de perfilador de ojos, y los labios pálidos y bien contorneados formaban parte del look. Sin embargo, con el asesinato de John F. Kennedy y la escalada de la guerra de Vietnam, esta moda resultó repentinamente frívola. La brecha entre las dos generaciones se ensanchó y la juventud se sintió implicada en el devenir de las cosas. Las protestas contra la guerra, el feminismo, los derechos civiles, el rock, la píldora y la liberación sexual llevaron a las mujeres a verse, y a ver su mundo, de manera distinta. El idealismo y el antimaterialismo encontraron su forma de expresión en tiendas de ropa de segunda mano, en las melenas desgreñadas con raya en medio, en el maquillaje natural de Grace Slick y en el rostro psicodélico de Penelope Tree. Los años setenta vieron el final de la guerra, el escándalo del caso Watergate y el agravamiento de la crisis del petróleo. A ello se añadieron las drásticas pero necesarias reformas en política interior que trajeron consigo el feminismo y la defensa de los derechos civiles. Fue un tiempo de desencanto, incertidumbre y desconfianza hacia la autoridad, que se reflejó en todas partes, incluso en la moda. La gente intentó solucionar sus problemas mediante la práctica de religiones místicas, el seguimiento de curas de psicoterapia o la adopción de posturas radicales. El arte había renunciado a idealizar la belleza y el cuerpo humano, los pintores abstractos continuaban rechazando la representación del hombre y los nuevos hiperrealistas, como Chuck Close, intentaban aniquilar el idealismo y perturbar la mirada del espectador. En los años setenta había que ser alto y delgado, con uñas largas, a menudo postizas. Se llevaban los cortes escalados, la permanente, las mechas de colores brillantes, el maquillaje intenso, el pintalabios de tonos oscuros y las cejas depiladas, y se remarcaba el contorno de la cara con colorete. Fue un tiempo de añoranza de un pasado más simple y más fácil, una época de evasión en el sueño. La primera tendencia se expresaba con un aspecto romántico y un look de gitana de cabello lacio, apermanentado o incluso decorado con plumas, con un maquillaje femenino pero ligero. La segunda, mediante el rock, la música disco y los primeros punks: Bianca Jagger, Diana Ross, Debbie Harry y el look bronceado de la jet-set, encarnada por Cheryl Tiegs, Lauren Hutton y Farrah Fawcett. El multiculturalismo hizo su aparición con la modelo Beverly Johnson, que rompió la barrera del color en la industria. A los excesos de los años setenta les sucedieron cambios igualmente excesivos. La aparición de una hornada de nuevos ricos generó un materialismo desvergonzado y primario: el dinero se exhibía en los logotipos, en las marcas y en un elevado tren de vida. Todo era de gran tamaño y se llevaba muy alto: el cabello, las hombreras, la cintura, el pecho. Con el inicio de la moda del ejercicio físico y la obsesión por estar en forma, las mujeres exhibían unos cuerpos delgados y musculosos bajo ceñidas prendas de vestir. Ahora tenían acceso a cargos relevantes en el mercado laboral. Derribaban todas las barreras llevando una ropa que transmitía poder y sofisticación, y un maquillaje marcado que destacaba los rasgos. Intentaban también compaginar los distintos aspectos de su vida: familia, carrera, casa y estilo de vida. Apareció entonces el término de superwoman. Luego, el de top model: Cindy Crawford, Claudia Schiffer, Naomi Campbell, Linda Evangelista y Christy Turlington fueron símbolos de belleza a escala planetaria, llevando con acierto las riendas de su carrera y gestionando hábilmente su cuenta bancaria. Aparecían en clips musicales, en publicidad e incluso en sus propios vídeos de fitness. Aunque era difícil imitarlas, el poder que habían logrado con su profesión llevó a las mujeres a decidir por sí mismas su belleza. Hacia el final de la década, Donna Karan, entre otras personas, llevó la moda a la realidad con sus prendas de vestir simples y básicas; fue también una de las primeras en mostrar a mujeres mayores de cincuenta años en sus campañas de publicidad y en las pasarelas. El maquillaje dio también un giro hacia lo natural bajo el impulso de la estilista Bobbi Brown, que lanzó unos colores neutros y mates que pretendían dar la impresión de ausencia de maquillaje. Del mismo modo, por primera vez, el maquillaje de prestigio se hizo más personalizado y se adaptó al tono particular de cada uno. El materialismo de los años ochenta comenzó a tener mala prensa. Se juzgaron de mal gusto las muestras de riqueza demasiado evidentes, que se condenaron por contravenir la ética. Las top models seguían marcando la tónica, pero en una línea minimalista, preocupada por las proporciones naturales del cuerpo. Calvin Klein, el minimalista, y Helmut Lang, el constructivista, orientaron la moda hacia lo natural: maquillaje y peinado simples, líneas depuradas y prendas de vestir informales, para la vida diaria pero elegantes. No obstante, la influencia más importante en la aparición de la nueva conciencia y la nueva actitud continúa siendo la música. El look grunge de los grupos emergentes de Seattle (cabello hirsuto, ausencia casi completa de maquillaje y capas superpuestas de ropa de segunda mano combinada con botas militares) influyó en la alta costura, mientras que la juventud de todo el mundo se reconoció en ellos hasta el punto de adoptar sus ideales anticonsumistas. Fue el antídoto perfecto a los años ochenta. La presencia frecuente de heroína en este medio influyó en los fotógrafos de moda. Éstos crearon el look ‘colgado’, que recreaba a los consumidores de absenta y a los opiómanos de los años veinte, a las Chelsea girls y a una parte de la juventud del momento. Con su cabello rizado, sus ojos perfilados en negro, su cuerpo esquelético y sus vestidos adornados con perlas, las top models posaban en actitudes sombrías, trágicas y, con todo, seductoras. La modelo emblemática por excelencia de este look ‘colgado’ era Kate Moss. A muchos les horrorizaba aquel pequeño cuerpo, frágil y descarnado, que percibieron como una publicidad para la anorexia y un objeto del deseo pederasta. A otros les pareció liberador, ya que Kate Moss no respondía a las normas de la maniquí del momento: con apenas metro sesenta y ocho de estatura, no hacía gimnasia y se había negado a rellenarse los senos con silicona. A menudo fotografiada sin maquillaje, imponía un look antimaniquí característico de la época: belleza natural, mirada soñadora, cuerpo y estilo reducidos al mínimo. Con aspecto de chico, al estilo de los modelos masculinos cuya fama iba en aumento y que parecían querer feminizar su imagen con melenas largas y una silueta estilizada, personificaba el espíritu de la época. El ideal pasó a ser el mismo para hombres y mujeres, las definiciones se confundían y, como en los años veinte, la androginia se convirtió en el estilo predominante. Los niños de los años cincuenta, alimentados con rock y televisión, no necesitaron mucho tiempo para demoler los límites del pasado y hacernos pasar de la época industrial a la era informática. Hoy, con el comienzo de un nuevo siglo, no siempre sabemos delimitar el papel de la tecnología en nuestra vida. Lo que se temió como un ‘mundo feliz’ terrorífico se convirtió en un medio de posibilidades infinitas. El contraste agudo que existe entre la frialdad del microprocesador y la expansión lo más individual posible de uno mismo queda marcado en el concepto de belleza. El acceso fácil a todo tipo de información y la posibilidad de comunicación inmediata por Internet permiten, más allá de todas las fronteras, físicas, económicas o culturales, revelar la belleza de una voz o una imagen nueva. Los individuos disponen de más posibilidades de expresión gracias a una elección más extensa de ideas y aspectos. Madonna es el ejemplo tipo de la belleza moderna, en continua reinvención de sí misma, inspirándose en fuentes tan diversas como la belleza india o la de las estrellas de Hollywood de los años treinta y cuarenta. Fue necesario un siglo para ampliar el abanico de la belleza hasta ser lo que es hoy en día. En el momento en que ésta llega a Internet, el flujo global de ideas, de información y de debate debería reducir el tiempo necesario para un progreso exponencial. Podemos constatar ya desde ahora los resultados en el ámbito de la imagen: menos criterios unilaterales y discriminatorios con respecto a la talla, la forma y la cultura, como lo certifican en el cambio de siglo modelos tan variados como Madonna, Lauryn Hill, Gwyneth Paltrow, Jennifer Lopez, Lauren Hutton o Lucy Liu, por citar sólo algunos. La belleza ha adquirido un rostro más natural, individual, relajado y confiado. La dignidad se adquiere, no se impone. Todas las mujeres de comienzos del siglo XXI pueden imitar a las top models de los años ochenta y tomar ellas mismas las riendas de su belleza. El nuevo milenio y la era de los nuevos medios de comunicación corresponden a una nueva edad de la belleza, a un ‘mundo feliz’ propio. Es magnífico. Dorothy Scheffer Faux’ Copyright del texto: Dorothy Scheffer Faux Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL |
| Editorial | David N. Buck |
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| cubierta_descargable | /uploader/d9cc0d85c73679f12898208da419006c.jpg |
| Encuadernacion | Rústica |
| Fecha de edición | 1 oct 2006 |
| Fecha de tirada | 1 oct 2006 |